Al tratarse de una pintura que había sido restaurada previamente, el tratamiento consistió en una mínima intervención, tratando únicamente los daños visibles. La necesidad más urgente era tratar la capa de pintura en las zonas con delaminación y pérdidas. Se aplicó resina acrílica (diluida al 25 % en agua) con una brocha en estas zonas para subsanar el problema.
Para remediar la ondulación entre la tela original y el reforro, se inyectó resina acrílica (diluida al 20% en agua) en la superficie de las zonas afectadas, ya que no era efectiva al inyectarla desde atrás. Utilizando pesas y presionando con una espátula caliente, se adhirieron las dos telas, eliminando la delaminación.
Todas las pérdidas dentro de la capa de pintura se rellenaron y retocaron pictóricamente. La capa original tiene una preparación rojiza (muy típica del siglo XVIII), por lo que el yeso añadido se tiñó de un tono rojizo mediante una técnica acuosa. A continuación, la pintura se retocó pictóricamente con pigmento y barniz. Finalmente, se aplicó una ligera capa final de barniz en polvo para igualar con precisión el brillo de toda la superficie.
Se colocaron nuevos anclajes en la parte posterior del cuadro para permitir la fijación del marco exterior al secundario. Esto mejora la estructura y evita daños causados por la oxidación de los clavos previamente instalados.